"La infancia es un cuchillo clavado en la garganta" decía en voz de su personaje Nawal Marwan el escritor de teatro Wajdi Mouawad, "Incendios", 2003. Cierto es para mí que a veces no me deja respirar. En una sociedad llena de celebración a la infancia yo recuerdo haber estado demasiado consciente de la realidad, presionada, triste, y más que sola, abandonada.
Pero pequeños chispazos de absoluta felicidad me invaden cuando escucho el Huapango de Moncayo. 1995 y resonaba en mis sentidos y en los de 500 niños ganadores más de la Olimpiada del Conocimiento Infantil. Yo la conocía por mi padre que acostumbraba música clásica para desayunar en domingo. Tomó mucho sentido estar ahí: bienvenida a la celebración de la mano del amor de papá. Una fiesta de imágenes de México: colores, baile, china poblana, pozole, fuegos artificiales, son jarocho, papel picado, pirámides, mariachi, agua de jamaica, rehiletes, imponentes paisajes...
Hoy la escucho y me siento nostálgica y poderosa. Recuerdo que los sueños son posibles y que soy capaz de alcanzarlos. Miro el pasado y veo equilibrio: todas mis lágrimas a cambio de la gloria de ese premio. De intercambios bruscos va la vida.
Hoy mi moneda de cambio es el Teatro. Escucho retumbar las percusiones. "La respuesta siempre fue y es EL TEATRO ... Ante cualquier pregunta, tristeza o deficiencia. Somos animales conviviales, lo topemos o no..." (Beck, 2019). Las trompetas que anuncian el fin. "El teatro se cuece en los fuegos de la infancia" (Dubatti, 2020). Y extraviada en estas frases génesis de emociones y pensamientos nuevos, escucho los últimos acordes del poderoso Huapango de Moncayo...



